9 nov. 2011

Viajes

I
Ovejas pastando en transparencia
Su lana es andar simultáneo
Balan mudas por el viento
Lloran negrura sobre el carro

Su ausencia ilumina el cielo
Enfurece la tierra roja
Enmudecen las últimas hojas
De un destierro enajenado


II
Un incendio en el cielo
enfurece el incontenible
mar,
ignorante de su ceguera
extiende sus lenguas de muerto
escupe de amor y rabia
para ella, contra ellos
para cortar la carne
y en sus olas,
ofrecer conchas de niño muerto.


III
Frente al mar encontré un guardavidas roto, hecho de palmas rotas. En su interior había una silla rota y una piedra rota por donde escapan las vidas que alguna vez se salvaron. Ahora las vidas no se salvan, se pierden; cabalgan tempestuosas entre las olas del mar, gimen cuando sienten la arena en sus cabellos, alargan sus brazos buscando quién las guarde, pero la guarda, la palma, la silla y la piedra están rotas. Sólo  el silencio ofrece,  a veces, un pasaje de consuelo.

IV
En el mar conocí el amor, mi verdadero amor. Entre el agridulce cielo y la arena escurridiza le regalé mis labios; los aceptó y se fue, porque para él, el cielo es color azul y la tierra color café. 



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