16 ene. 2010

Me ha tocado conocer gente de mucha, pasan por mi vida como hojas que se lleva el viento y yo sólo me quedo quieta para escuchar el crujir de sus historias. Dentro de poco tendré que ir al funeral de una muchacha muy bella, la conocí cuando era adolescente, entró como princesa al consultorio de su papá cuando a mí me hacían una pequeña revisión, nada grave, solo un susto como tantos. En esos momentos no le presté atención, “Una niña bonita”, fue todo lo que pensé pero tres años después me la volví a topar un jueves caluroso, en la iglesia, ambas llevábamos vestidos idénticos, nuestros padres se casaban, “Nada.”, pensé y es verdad, no era nada, para mi ella seguía siendo una niña bonita.


Vivimos tres años juntas y ella cada día crecía más, cada día era más bella y yo seguía pensando “Nada.”, hasta que un anoche, durante una tormenta, intimamos ella y yo; me contó un secreto y por eso yo ya no pude pensar “Nada.”. Resulta que a ella le gustaban, tanto como a mí, las cosas curiosas de la vida. Ya no éramos adolescentes, ya no estaba permitido jugar los juegos de adultos sin tomar responsabilidad de las consecuencias. Lo sabíamos, yo cuando la miraba y ella cuando sacaba la jeringa.
“Tú siempre me miras y me miras pero nunca con interés. Tienes nada en la mirada y yo quiero que me veas. Pienso que piensas que no hay nada que valga la pena… yo te veo y sé que te gustan las cosas raras, las cosas que la gente no hace… ¿Quieres que te diga un secreto? Me gustan las jeringas… me gustan como a los niños la pornografía y a ti el chocolate.” Eso me dijo durante la tormenta. Sonrió y yo por primera vez sentí el cambio en mis ojos, la transición entre nada y algo muy parecido al sentimiento que produce ver una luz brillante y luego cerrar los ojos, muchas veces repetidas.


Vivimos juntas poco tiempo más, para después partir cada quién su rumbo y no la volví a ver, ni en vida ni en sueños, por tres años. Pero un día tuve que volver y lo hice. No se sorprendió al verme en la puerta. Me sonrió y me besó, me dijo, “Hermana.” y me dejó pasar.
Me gustaba mucho cuando me llamaba “Hermana.”, me permitía imaginar que compartíamos sangre como aquella con la que llenaba sus jeringas....


Todavía no está terminado, y el título podría ser "La nada y las jeringas" pero aún no estoy segura.

2 ene. 2010

Aire L. un día antes de morir declaró que moriría pronto, pues por fin había caído en la cuenta de porque toda su vida fue tan infeliz. En sus propias palabras, dijo: “Pronto me voy a morir porque por fin he comprendido que toda mi vida quise ser la persona que más odiaba.” Nadie más la vio hasta veinticuatro horas después cuando, aproximadamente a las 9:54 de la noche un camión de doble semirremolque la atropelló frente a una librería comúnmente frecuentada por ella. El conductor reclama que la ahora occisa se le atravesó justo en el momento en el que él pasaba, las investigaciones sobre un posible suicidio aún están en proceso.

El novio de la señorita L. llegó para reconocer el cuerpo 5 horas después de que se le hubiera informado del percance. Declaró: “Sí es ella y no me extraña”.

Al funeral asistieron una cantidad extravagante de personas, tantas que los encargados de la capilla funeraria se vieron en la penosa necesidad de pedir se hicieran filas y que los asistentes entraran en grupos de treinta. Habrían podido entrar más personas de no haber sido por las numerosas coronas fúnebres, además de los ramos y flores sueltas. Predominaban los lirios blancos y las rosas rojas.

Cuando los restos de la señorita L. estuvieron al fin en una cajita bajo tierra, todos los asistentes que en silencio vieron el descenso, se retiraron. Nadie se atrevió a indagar sobre las últimas palabras que se le escucharon decir a la difunta, mejor dicho, nadie se vio en la necesidad de hacerlo.

En paz descanse Aire L.,
que le haga honor a su nombre
y sea libre de una vida que según ella,
la hizo tan desdichada.