9 sept. 2009

F

Nadie hace caso y nadie se da cuenta pero allá en el banco de la esquina una niña siente las texturas. Está sentada, sola, ajena a todo lo demás y pasa sus manitas una y otra vez, lento, sobre la superficie del banco. Su largo cabello quebrado oculta su rostro placentero, su sonrisa delicada. Con sus manos, catadoras del universo, descubre todas las verdades.

El banco aparentemente liso oculta a la vista ingenua sus montañas y sus pozos, sus desiertos y sus bosques y solo las manitas inocentes sienten, con pasión inmensa, aquellas maravillas. Pero este cuento no es alegre, si no triste, pues de pronto muestra tristeza el ceño hermoso. Es correcto, ha comprendido bien, ha sentido por fin la repulsión.

Por eso no todos podemos sentir el banco, él no nos deja. Existe, como barrera infinita, esa energía transparente y traicionera. Ella no nos deja sentir la textura del banco y no contenta con ello nos engaña y ríe. Por eso la niña ha retirado ya las manos, entendió al fin que será imposible para ella, y para cualquiera, de verdad sentir el banco.

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