2 ene. 2010

Aire L. un día antes de morir declaró que moriría pronto, pues por fin había caído en la cuenta de porque toda su vida fue tan infeliz. En sus propias palabras, dijo: “Pronto me voy a morir porque por fin he comprendido que toda mi vida quise ser la persona que más odiaba.” Nadie más la vio hasta veinticuatro horas después cuando, aproximadamente a las 9:54 de la noche un camión de doble semirremolque la atropelló frente a una librería comúnmente frecuentada por ella. El conductor reclama que la ahora occisa se le atravesó justo en el momento en el que él pasaba, las investigaciones sobre un posible suicidio aún están en proceso.

El novio de la señorita L. llegó para reconocer el cuerpo 5 horas después de que se le hubiera informado del percance. Declaró: “Sí es ella y no me extraña”.

Al funeral asistieron una cantidad extravagante de personas, tantas que los encargados de la capilla funeraria se vieron en la penosa necesidad de pedir se hicieran filas y que los asistentes entraran en grupos de treinta. Habrían podido entrar más personas de no haber sido por las numerosas coronas fúnebres, además de los ramos y flores sueltas. Predominaban los lirios blancos y las rosas rojas.

Cuando los restos de la señorita L. estuvieron al fin en una cajita bajo tierra, todos los asistentes que en silencio vieron el descenso, se retiraron. Nadie se atrevió a indagar sobre las últimas palabras que se le escucharon decir a la difunta, mejor dicho, nadie se vio en la necesidad de hacerlo.

En paz descanse Aire L.,
que le haga honor a su nombre
y sea libre de una vida que según ella,
la hizo tan desdichada.

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